Pasaron los treinta y cinco días de espera, que para Aurea fueron interminables. En la plataforma de lanzamiento estaban el profesor Angular y Ortoedro, la nave se elevó y Aurea se fue con ella por la compuerta de la cúpula.
La Floresta permanecía casi igual al lugar que Aurea había recorrido. Al llegar observó un inmenso mar y lo sobrevoló hasta encontrar tierra firme, calculó las coordenadas y viajó hasta el lugar donde había estado la primera vez.
Bajó la nave en una colina cercana y esperó hasta que amaneciera, reconoció el lugar por su geografía, aun estaba el río pero ahora no estaba el bosque, río arriba vio una cascada y se dirigió a ella, llevaba el traje epidérmico consigo.
La belleza de la pequeña cascada era singular, toda llena de vegetación y pájaros, de pronto un pequeño venado se acercó a beber agua entre las rocas.
Sintió la humedad del lugar, aunque ahora el calor era mucho más sofocante que la primera vez, había plantas de todo tipo y colores, muchos insectos, todos desconocidos para ella, cuando el venado se percató de su presencia salió dando grandes saltos y se perdió detrás de unos arbustos, toda la caída de agua y el siguiente río eran una maravilla, parecía un oasis en medio de la llanura, paseó durante todo el día río arriba acercándose a la cascada donde la vegetación se hacía más espesa, Aurea no pudo resistir los deseos de darse un baño.
Estaba en medio del río disfrutando de la frescura y suavidad del agua, algunos peces se le acercaban y con sus movimientos se espantaban, Aurea había dejado su traje y su ropa en la orilla y se encontraba desnuda, de pronto cuando observó muchos pájaros sobrevolando el lugar, sintió de nuevo esa sensación, ahora más clara que antes, ahora era capaz de distinguir que tipo de sensación era, sentía la presencia de antes, como que la estaban observando, miró a su alrededor y no vio a nadie.
De pronto una bellota cayó en el agua junto a ella, se volteó y vio la bellota sumergirse, luego otra y al levantar la vista, inmenso fue su asombro al ver a alguien sentado en una roca a una altura junto a la cascada sonriéndole...
-¡Hola!- dijo él en un idioma muy extraño y ella se asustó tanto que sin importar su desnudes, se acercó a la orilla y se vistió.
Él tomó su bastón y se puso de pie, mientras ella sin quitarle la vista de encima, activó su traje epidérmico, sólo así se sintió segura. Él comenzó a bajar y a tratar de acercarse a ella, pero ella retrocedía, cuando él estuvo frente a ella, a unos metros de distancia, ella lo pudo observar bien, era un tipo raro, con unas ropas de cuero y un cinto en la frente, que cubrían sus largos cabellos, un collar de metales, unos brazaletes, unas faldas de cuero y unas sandalias, vio en su cinto y en la punta de su bastón, la cabeza de un animal, pudo reconocerlo de inmediato, era un felino, era una cabeza de gato.
-¡No temas!- dijo él- ¡No quiero hacerte daño!
-¡No es eso!- dijo ella en el idioma de él, aún muy confundida- ¡Es que, no sabía que en este planeta existía vida inteligente!- agregó y ahora el asustado era él.
-¿De dónde eres?
-De muy lejos- respondió haciendo un gesto con la cabeza y observó los pájaros que sobrevolaban el lugar.
-¿Cómo te llamas?- preguntó él.
-Aurea es mi nombre- contestó y él trató de acercarse un paso.
-¡No temas!- volvió a decir él.
-¡No te temo! Es que aun estoy muy sorprendida.
-¿Por qué, es que nunca habías visto un Aequpcio?-
¿Aequpcio? ¿Ese es tu nombre?
-No disculpa, no me he presentado, mi nombre es Giséo- respondió él y ambos se sentían, ya más tranquilos.-Aequpto es mi pueblo, al norte de aquí, ¿Y tú, eres de Oriente?
-Sí, de oriente- dijo ella, tratando de dar algún tipo de explicación.
-Veo que te gusta bañarte en el río sagrado, lástima que te interrumpí...
-No, no te preocupes...-
¿Cómo es eso, que no sabías de vida inteligente en este planeta?
-No, disculpa en este lugar quise decir- agregó ella, haciéndolo sentir más tranquilo y a medida que iban conversando y conociéndose, ella pudo reconocer su presentimiento, ahora en presencia de él, todo era mas claro.
Caminaron durante bastante rato río abajo, donde Giséo supuestamente vio la estrella.
-¡Bueno!, Ahora que nos conocemos, dime, ¿De dónde eres, en particular?
-De muy lejos, ya te dije, de muy lejos.
-¿Y, qué andas haciendo por aquí?
-Mm, paseando.....
-¿Paseando? o es que también estás siguiendo la estrella...
-Sí, eso es, estoy siguiendo la estrella.
-Entonces acompáñame, busquemos la estrella- dijo él y comenzó a caminar río abajo, esperando que ella le siguiera.
Caminaron un momento sin hablar, se observaban mutuamente, estaba cayendo la tarde y ella preguntó.
-¿Por qué sigues la estrella?
-¿Por qué? Por todo, mi pueblo ha esperado cientos de años la venida de los dioses en esa estrella, todos saben que ella indica la venida de los dioses a nuestro pueblo y que nosotros somos los elegidos, anoche cuando le vi descender del cielo, supe que yo era el elegido de mi pueblo. ¿Y tú por qué vienes sola y desarmada desde Oriente? todos saben que Aequpto es el pueblo elegido...
-Por eso- agregó ella, tratando de no empeorar las dudas- ¡Por que quiero conocer Aequpto!- dijo, sin saber que más decir.
-¿Quieres conocer Aequpto? ¿Sabes que te pueden matar en aquel lugar?
-¿Matarme? ¿Por qué?
-Durante años, Aequpto ha luchado con los pueblos de Oriente, por tus extrañas ropas, tus cabellos claros y tu piel blanca, los Sacerdotes creerán que eres de un pueblo más allá de Oriente, tal vez del norte y con mayor razón te matarán.
-¿Y tu por qué no lo has hecho?
-Por qué yo no creo en la guerra, creo en la superioridad de Aequpto, pero cuando yo sea Pharaes no habrá guerras.
-¿Pharaes?- Preguntó ella, sin saber.
-Sí, cuando muera mi padre, yo seré el próximo Pharaes- comprendiendo ella que se trataba de un título de realeza.
Caminaron un poco y el asombro de ella, ahora se transformó en miedo, a lo lejos vio a cuatro hombres y una tienda, todos ellos estaban armados y con ropas similares a las de Giséo.
-¿Quiénes son?- preguntó asustada.
-Son mis siervos, andan conmigo- respondió él, tranquilizándola, al llegar los ciervos se inclinaron en señal de reverencia.
-¡Ella es una peregrina, anda extraviada y nos acompañará en la búsqueda de la estrella!- dijo él a los siervos, que asintieron con la cabeza y no dijeron nada.
Ellos no podían dirigirle la palabra al futuro faraón. Giseó entró en la tienda y salió con una muda de ropa.
-Toma, cámbiate esa ropa, que deberemos quemarla- Aurea, con timidez, entró a una sección de la tienda y mientras se sacaba el traje, observó los utensilios y las armas, unos rollos de papel estaban sobre una mesa y algunos mapas.
Se vistió con los nuevos atuendos pero no se deshizo del traje epidérmico, ni de la cajita de luz en la que guardaba la rosa y otros recuerdos más.
-¡Preparen la merienda!- ordenó Giséo y en el momento que él preparaba el fuego para quemar las ropas de Aurea, ésta llegó a su lado, Giséo observó a la joven desde las sandalias hasta la cabeza, se veía hermosa con ese traje que dejaba ver sus piernas y sus tersos brazos, era un traje sin mangas y de una falda plisada, todo de muy fina seda y cuero y aunque era un traje de hombre ella se veía espléndida.
-¡Te ves hermosa!- dijo él en tono suave.
-Gracias- respondió ella sonriendo, mientras le alcanzaba su ropa para quemarla. La noche ya caía y se sentaron junto al fuego a servirse la merienda, Giséo ordenó a dos de los cuatro ciervos que durmieran, porque la búsqueda continuaría mañana y en seis horas, deberían reemplazar la guardia, los otros dos, les sirvieron la comida y se retiraron, uno a cada lado de la tienda.
El sol se escondía junto a las montañas y Aurea se maravilló del color que tomaba el cielo. Mañana sería un día muy caluroso, argumento Giséo, observando el color rojizo del cielo.
Todos en la Floresta se disponían a dormir y Aurea observó las últimas aves cruzar el horizonte y los últimos animales yendo río abajo antes que caiga completamente la noche.
-¿Quieres más?- preguntó Giséo, sirviéndole un poco de un exquisito té.
-Sí, gracias- respondió ella, sujetando el tazón en sus manos, sus miradas se cruzaron nuevamente, como tantas veces se habían cruzado ese día y aunque ninguno de los dos sabían exactamente por qué, se sintieron muy bien, muy alegres, estando juntos.
Giséo le contó algunas historias y lo duro que era ser el próximo faraón de un pueblo tan poderoso como Egipto, aunque se tenían muchas comodidades, muchos lujos, Giséo no se sentía completamente a gusto.
Aurea por su parte, sin poder decirle quien realmente era y de donde venía, le contó historias de sus amigos y de lo mucho que le gustaba aquella región, cambiando claro, las situaciones, para que Giséo comprendiese.
Observó el cielo estrellado, ya estaba la noche encima y la luna se dejaba ver en su más espléndida blancura y mientras Giséo le decía algo acerca de Egipto, esta no lo escuchaba y pensaba en lo que significaba estar donde estaba, en lo impresionados que quedarían todos allá, cuando les cuente que en este planeta si existía vida inteligente y que ese sentimiento que había tenido antes ahora era más claro.
Pero recordó el problema del tiempo y que sólo podía estar algunos días más...
-¿En qué piensas? Te he estado hablando y no me has escuchado nada.
-Disculpa, pensaba en mi pueblo.
-Los extrañas muchos, si quieres puedo hacer que te lleven de vuelta a...
-¡No! No es eso, lo que pasa es que todo esto es muy nuevo para mí, tu no lo entiendes, pero aún estoy muy sorprendida de haberte conocido y tengo muchas ganas de conocer tu pueblo, pero es que no me podré quedar mucho tiempo.
-¡Bueno! Entonces aprovecharemos el tiempo que puedas quedarte- respondió él y se sirvió el último sorbo de té. Vio que ella tenía la vista pegada en las estrellas.
-¿Te gustan?- preguntó él.
-¡Si, me encantan!- respondió ella, observando el cielo desde otro extremo del universo, nunca se hubieran imaginado lo que estaba pasando y recordó unas palabras que le dijo su abuela antes de partir, cuando ella era una niña. “Algún día, sabrás él por qué de todas las cosas y no tendrás que estudiar tanto y querer viajar tanto, buscando y buscando”.
Quizás por eso se había hecho astronauta, para poder viajar y tal vez por eso estudio tantos idiomas y hasta que no estuvo en la Floresta no obtuvo respuestas.
Ahora que tenía a Giséo junto a ella, que podía ver bien el universo, no desde un telescopio ni desde su computadora, ni siquiera desde a ventanilla de una nave y aunque sabía que lo que veía era solo un brazo de los millones de brazos de la Vía Láctea y que esta era solo una galaxia entre millones, comprendió el por qué de todas las cosas, ahora que estaba en un planeta desconocido, comprendió que muchas de sus dudas tenían respuesta, que ya no sería necesario seguir buscando, y que junto a este hombre, junto al fuego y las estrellas que parecían aplastarla, sentía aquello que la intrigaba tanto, junto a este desconocido se sentía segura, entonces lo miró y él que estaba atizonando el fuego la miró también, y sus ojos negros de él, le parecieron familiares y reconoció en las llamas que se reflejaban en su rostro, otras llamas, sus propias llamas quemándola por dentro, y él, en los ojos verdes de ella, en su cabello castaño y en su piel tersa, en su figura distinta y en su acento extraño, comprendió también que era el único que podía entender cosas que nadie más comprendía, porque sus miradas era más profundas que el mismo universo, y ahora el tiempo no pasaba por ellos, que importaba mañana, que importaba el sistema Sirio, Hósforo, que importaba Egipto, ahora ellos, ella y él, comprendieron que un instante es más eterno que la eternidad, que las miradas así, profundas, eran mas duraderas que cualquier tormenta, que un ser con los ojos tan transparentes, no podía contener maldad.
Aunque ella quisiera gritarle que no era de Oriente y él quisiera gritarle que ella era lo más hermoso que había visto nunca, aún más que el mismo Nilo, ninguno de los dos dijo nada, permanecieron así juntos, uno al lado del otro, viendo el fuego que quemaba las últimas tiras de ropas de ella, todo su pasado toda su vida se hacía humo y ella, aún con temor ante el destino y lo desconocido, dejó apoyada su cabeza en el hombro de él.
Giséo se sorprendió un poco, pero después comprendió, ella era una criatura tierna, frágil y suave, le hizo cariño en la cabeza y al rato Aurea se quedó dormida.
Cuando amaneció, Aurea despertó, miró a su alrededor y no vio a nadie, estaba dentro de la tienda, sobre un fino colchón tejido de tallos, en un sector de esta, separada por finas cortinas de seda y tapada con finas sábanas también, buscó a Giséo y se levantó, salió de la tienda, que dos siervos cuidaban mientras ella dormía, uno a cada extremo, los otros dos ciervos dormían.
Uno de los siervos le indicó hacia el río. Al llegar vio a Giséo bañándose, le causó mucha risa y aunque el agua le llegaba hasta más arriba de la cintura, sabía por las ropas junto al río, que estaba desnudo.
-¡Parece que a ti también te gusta bañarte en el río sagrado!- le dijo y Giséo se avergonzó y sonrió.
-¿Cómo dormiste?- preguntó él.
- Bien pero no recuerdo como me acosté...
-¿Te importaría alcanzarme mi ropa, por favor?- y mientras él se acercaba a recibirla, Aurea se inclinó a entregársela y Giséo tomándola de las muñecas la tiró al río, dando un gran chapuzón.
-¡Ahora tu también te vas a bañar!- dijo riendo y Aurea se reincorporó empapada, le tiró agua y la ropa de ambos quedó mojada y mientras jugaban en el agua Giséo ordenó a un siervo traer dos mudas de ropa seca. La pasaron muy bien y luego Giséo ordenó levantar el campamento porque seguirían hacia las colinas a buscar la estrella. Aurea recordó que la nave estaba entre las colinas y que eso era la estrella que se había visto desde Egipto, pero como explicarle eso a Giséo y como ocultar la nave...
Los siervos desmontaron todo y pronto se pusieron en marcha, debían caminar durante la mañana porque al mediodía hacía mucho calor.
Giséo y Aurea caminaban delante de los cuatro siervos, por una pradera en dirección a las colinas. Aurea recordaba muy bien el sitio donde estaba la nave y eso la tranquilizó un poco, porque el rumbo que tomaron era hacia otra dirección.
Mientras avanzaban, Aurea notaba que al pisar el pasto, muchos pequeños saltamontes volaban a su alrededor, Giséo observaba asombrado a esta muchacha que se distraía con el color de las flores y quedó maravillada cuando cruzaron por un campo lleno de mariposas.
-Anoche, me quedé dormida sin querer.
-No te preocupes, yo también estaba cansado- agregó Giséo, tratando que ella se sintiera mejor- ¿Te puedo hacer otra pregunta?
-¡Claro, dime!
-Ayer, cuando nos encontramos y en este momento, ¿No sientes miedo?
-¿Miedo? ¿Por qué?
-No sé, miedo a un Aequpcio, a una persona desconocida, tal vez temor.
-No, la verdad es que sentí un poco de temor, pero cuando comenzaste a hablarme, me sentí tranquila, ahora me siento algo extraña, cuando te vi por primera vez, tu rostro me pareció familiar y ahora, es como si te conociese de antes.
-Tal vez estuviste en Aequpto cuando eras niña, muchos esclavos escapan con sus hijos pequeños.
-¿Esclavos?
-Sí, pueblos inferiores que trabajan para mi reino.
-¿Pueblos inferiores, que quieres decir con eso?
-Que para todo Aequpcio los pueblos extranjeros son inferiores.
-¿Eso creen ustedes?
-Yo casi no mucho, pero durante años los sacerdotes han inculcado esa idea.
-¿Y tu, no la compartes?
-No, la verdad es que no debiera, porque tendré que ser el próximo Pharaes, pero yo no creo mucho eso, creo más bien que todas las personas son diferentes y no por que alguien sea Aequpcio, debiera ser superior.
-¿Entonces, que crees de mí?- preguntó Aurea mirándolo a los ojos.
-No te conozco bien, pero siento algo diferente desde que te vi la primera vez, quedé helado, nunca había visto una mujer más hermosa que tú y con la piel tan blanca, te estuve observando durante un buen rato- respondió Giséo y se hecho a reír
.-¡Canalla!- dijo Aurea y le dio un golpe en el brazo.
-Pero yo también siento que te conozco más de lo normal, en realidad, por eso digo que tal vez nos conocimos antes y no nos acordamos.
-No, eso es imposible, como dije es primera vez que vengo por estas tierras.
-Y pudo ser la última, si no nos hubiéramos conocido como fue, te hubiera encontrado un Aequpcio y te hubieran matado.
-¿Y como podré conocer Aequpto, sin que alguien quiera hacerme daño?
-Vas a venir conmigo y yo voy a llegar con la estrella de los dioses, nadie objeta algo al futuro Pharaes...
Aurea sintió un poco de pena, miró hacia el este y vio que estaban lejos de la nave, pero le preocupaba que Giséo no encontrase lo que buscaba.
Caminaron y observaron durante horas hasta que llegaron junto la pared de una meseta, cuyo corte era muy empinado. Giséo ordenó instalarse a descansar, pues escalaría hasta una altura suficiente para mirar. A esa hora ya hacía mucho calor, los siervos instalaron la tienda, prepararon la merienda, Giséo y Aurea se sentaron bajo la sombra de un árbol a descansar.
-¿Que pasa si no encuentras la estrella?- preguntó Aurea.
-Debo encontrarla, quiero regalársela a mi padre en su cumpleaños.
-Pero si no la encuentras, puedes regalarle otra cosa.
-¡La voy a encontrar!- respondió él, algo ofuscado.
Aurea observó la pared de piedra de aquella meseta, hacía tanto calor que la sombra del árbol les era muy útil en aquella situación. Los siervos jugaban con unos dados junto a la tienda, la tranquilidad de aquel lugar era algo especial para Aurea, por fin pudo descansar y observar el paisaje, la alta meseta, la pradera, los cerros a los lejos... Giséo se incorporó y comenzó a trepar entre las rocas.
-Desde arriba podré ver bien el lugar donde cayó la estrella- dijo.
-¡Ten cuidado, no te vayas a caer!- agregó Aurea mientras Giséo ascendía, a cierta altura Giséo se sentó a descansar, la visión desde aquel lugar era espectacular. “Cuando terminemos la pirámide podré subirme a contemplar el mejor paisaje que existe”- pensó, recordando la pirámide que estaba en construcción, que sería la más alta construida jamás. Luego de un rato de no encontrar nada, Giséo bajó a descansar junto a ella. Aurea sentía tanto calor, que le pidió a Giséo algo para beber, Giséo mando a unos de los siervos que pusiera un jugo especial que llevaban en una cantimplora de cuero, en vasos.
Este jugo era extraído de una fruta verde pequeña, muy ácida que se daba en arbustos que los egipcios cultivaban cerca del río, y ocupaban su jugo contra la insolación.
A lo lejos se podía ver la vasta llanura desértica, caminaron otro largo rato más, hasta que Giséo por fin comenzó a desistir.
-¿No te cansarás de buscar?- preguntó Aurea.
-¡No, es mi deber encontrarla!
-¿Por qué te empeñas tanto en encontrar esa estrella?
-Lo que sucede, es que si yo creo que soy el elegido debo cumplir.
-Sí, es verdad- contestó ella.-
¿Y tú? ¿Acaso no viniste de tan lejos?
-Sí, pero ya me estoy dando cuenta que es inútil.
-Tienes un poco de razón- contestó Giséo- Sí no la encontramos hasta que falten tres dedos para que el Sol se ponga, nos vamos.
Giséo ordenó a uno de los siervos, él mas joven, medir el momento del día, este era el sistema empleado para medir el tiempo, consistía en que una persona se ubicara en una llanura algo amplia, sin árboles, ni cerros que le hicieran sombra y se tendiera de espaldas al cielo, cubriéndose los ojos con los dedos semi cruzados hasta la altura de los falangines, así podría ver la ubicación del Sol con respecto el horizonte y saber más exactamente, cuanto faltaba para el mediodía o para que anochezca.
Aunque todo egipcio tenía la capacidad de medir la hora simplemente mirando el Sol, era una tarea destinada a una persona entrenada, dentro de la amplia distribución de los deberes en la organizada comunidad.
Este astrónomo desde pequeño, sabía medir la hora con respecto al Sol y en la noche con respecto a la Luna y las estrellas, así como orientarse perfectamente bien gracias a los astros, teniendo conciencia también de la estación del año en que se encontraba, sabían calcular látitud y lóngitud con los mirar el cielo.
No era difícil encontrar el camino de vuelta, puesto que todo el desierto estaba marcado por huellas, que tanto los ejércitos como los comerciantes transitaban continuamente.
-¡Esta bien, volvamos!- dijo Giséo a los siervos, mientras Aurea observaba como bajaba el mentón algo triste.
-¡No deberías estar triste!- agregó Aurea, dándole un abrazo, mientras los siervos recogían las cosas.
-No estoy tan triste, no sé por qué no lo estoy, debería seguir buscando por qué estoy seguro que cayó por este sector, pero si mi destino no es el de encontrar la estrella...
-¡Destino, crees en él?- preguntó asombrada, mientras se ponían en marcha.
-Sí, ¿Tu no?
-¡Sí!- respondió ella, tratando de no extrañarlo más.
-El destino es algo que viene marcado de ante mano para todos nosotros.
-¿Y cual es el tuyo?- preguntó Aurea, mientras dos de los siervos llevaban los bultos y los otros dos los escoltaban a ellos.
-Mí destino es ser Pharaes, eso es lo que más quiero.
-Pero aveces el destino no es lo que uno quiera que sea.
-Aveces no, pero los dioses siempre se encargan de revelarte el tuyo.
-Aveces, uno no lo quiere ver- respondió ella, algo tímida.
-De todas maneras es raro, me sentí tan feliz aquella noche cuando vi caer la estrella, sentí que era el elegido, pero parece que no, de todas maneras, igual encontré algo...
-Sí, y ¿Cómo vas a explicar esto?
-Yo no tengo que explicar nada, solo a mi padre Snefru, pero él cuando te vea comprenderá.
Las mesetas iban quedando atrás y paralelamente al río, avanzaban hacia el norte, hacia la ciudad centro del gran reino de Snefru.
Aurea no podía evitar la admiración que le producían los colores del cielo al atardecer. El vuelo de bandadas de pájaros. Cada vez, Giséo se asombraba más de lo extraño de su forma de actuar pero prefería guardar respeto, en el fondo eso le gustaba.
- Cuéntame, ¿Cómo es tu familia?
-¿Mi familia?- preguntó ella extrañada.
-Sí, ¿Tienes hermanos?
-No, soy la única hija de la unión de mis padres, pero hace años que vivo sola.
-¡Sola!- preguntó Giséo asombrado.
-Sí, ¿Por qué te asustas tanto?-
Es que en Aequpto nunca puedes estar solo- agregó él.
-Bueno, tengo amigos...
-¿Tienes pareja?- preguntó él, ya mas directamente y mirándola a los ojos.
-No- contestó ella, recordando a un Ortoedro olvidado- ¿Y tú?
-¿Yo? bueno, si, si tengo...
-¿Y por qué no vino ella contigo?
-Bueno, ella no es mi pareja en estos momentos directamente, ella es mi prima, es mi prometida.
-¿Tu prima? ¿Tu prometida? - Ahora si que estaba confundida, estaban tan interesados en saber el uno del otro...
-Sí bueno, desde que somos niños al cumplir los dos años de edad, nuestros padres nos llevan al oráculo de Osiris, a ver nuestro destino, desde ese momento se me designó a ella, como mi futura esposa.
-¿Y cómo se llama ella?
-Hercarta es su nombre, es sobrina de mamá.
-¿Y cuando se casarán?
-Cuando papá lo decida, él es el Pharaes, todo pasa por su voluntad.
-¿Y tú, la quieres?
-Debo quererla, será mi esposa, toda su vida se ha preparado para ello, será la futura reina, mi mujer, y la madre de mis hijos.
-Pero tú ¿La amas de verdad?
-No puedo contestarte esa pregunta- contestó Giséo secamente, mientras su mirada se perdía en el horizonte, a lo lejos se podía ver las primeras luces del palacio.
El palacio era de un color blanco ceniza, quedaba retirado del pueblo a unos buenos minutos caminando, contrarrestaba su luminosidad esplendorosa, con las escasas luces del pueblo, estaba muy iluminado por antorchas, era muy grande y lujoso, cabrían todos los habitantes del pueblo en él, pero sólo vivían el faraón, su familia y sus siervos, además de la guardia.
Pasaba junto a él un brazo del río, había un desembarcadero especialmente hecho, que llegaba bien adentro del agua.
Todo era lujoso y opulento, Aurea no podía creer lo que sus ojos veían.
La guardia se inclinó en señal de reverencia, los siervos Aurea y Giséo atravesaron las murallas, no se necesitaban muchos guardias para resguardar la seguridad del faraón, en los tiempos de Snefru, el concepto de él era tan idealizado, que se creía que el faraón era un dios viviente, nadie podía pensar en que alguna persona le hiciera algo malo o atentara contra su vida.
Cruzaron los jardines de la entrada y Aurea quedó maravillada con la belleza de todo, había un amplio jardín y el camino entre la puerta y la muralla externa estaba demarcado por antorchas a nivel del piso.
Los siervos que acompañaron a Giséo se despidieron y se fueron. Giséo entró al palacio con Aurea y unas sirvientas los recibieron y prepararon la cena.
Aunque no era tan tarde, ya todos estaban durmiendo. Mañana apenas saliera el sol, todos debían estar listos para seguir la construcción.
-¡Puedes hablarme si quieres!- le dijo Giséo a Aurea, quién estaba sentada al otro lado de la mesa y no podía ocultar su nerviosismo- Que yo no hable con los siervos, no quiere decir que no puedas hablarme a mí.
-¡Es que en realidad todo esto es tan hermoso, nunca me lo hubiera imaginado!-
Sí, y lo que estamos construyendo es aún más hermoso que este palacio.
-¿Qué están construyendo?
-Estamos construyendo la pirámide de papá.
-¿Pirámide?-Sí, mañana a primera hora iras conmigo a visitar la construcción.
-¿Y dónde esta tu familia?
-Están durmiendo, de todas maneras no podrás conocerlos tan pronto, papá parte antes que yo a la construcción y se encierra en su altillo con sus colaboradores a dar instrucciones, hasta que el Sol se esconde y luego regresa con sus empleados y se encierra en el ala norte del palacio, donde tiene sus aposentos.
-¿Y tú? ¿No lo ves en todo el día?
-No, sólo nos vemos en el templo a mediodía y en la construcción.
Cenaron liviano, algunas verduras, panecillos de avena y queso, los egipcios eran unos expertos nutricionistas.
-Te acompaño a la que será tu alcoba- dijo Giséo mientras se levantaban y los siervos recogían la mesa.
-¡Que lindo es todo esto!
-¿Te gusta?
-Sí, es precioso, muy grande y bien decorado- en las paredes había lienzos tejidos a mano mostrando diferentes escenas de una construcción, en los rincones habían esculturas de madera de cedro e inmensos jarrones, además de muchas, pero muchas plantas por todos lados, mientras subían una hermosa escalera toda tallada, Aurea se maravillo aún más, al ver una lámpara que descendía desde el techo, afirmada de unas cadenas, llena de cientos de velas.
Al fin subieron hasta la que sería su alcoba durante su estadía en Egipto y lo que vio a la entrada no podía creerlo. La alcoba era hermosa, una gran cama, muchos muebles de cedro y lindos cuadros, pero tenía frente un gran ventanal, con finas cortinas de seda, fue la luna llena sobre la construcción que se veía a lo lejos, lo que la dejo muda.
-¿Te gusta?- preguntó Giséo, tratando de que diga algo.
-¿Eso es la pirámide?- preguntó asustada.
-Sí, esa es la pirámide de papá- respondió él. El asombro de Aurea era algo que no podía explicarse, desde aquella ventana del palacio del faraón, podía verse una excepcional imagen de la pirámide de Snefru en construcción en el valle de Dachur, la que pudo haber llegado a ser la más alta de todos los tiempos, aunque lo que Aurea esa noche podía ver, era sólo la mitad que se llevaba de la pirámide en construcción, era una estructura tan grande, que la hermosa Aurea, quién había viajado por muchos planetas y visto muchas cosas extrañas, no podía creer lo que estaban viendo sus ojos. ¿Cómo unas personas en un planeta tan lejano, seres humanos tan pequeños, podían crear tal obra de arte, gigantesca, con más de trescientos mil bloques de piedra caliza instalados, la mega estructura era algo colosal.
-¿Pero qué es? ¿Para qué están haciendo eso?- pregunto Aurea pensando ahora con el lado derecho de su cerebro.
-Es la pirámide de papá, es un secreto, todavía no te lo puedo contar.
-¿Pero que puede ser tan importante para hacer eso?
-Lo siento, la verdad es que no te puedo contar aún, pero te prometo que te lo diré- en el momento en que Giséo le dijo eso, le dio un beso en la frente y se fue. Sacó de los bolsillos de la falda su cajita de luz, donde guardaba sus cosas, incluida la rosa que le regalaron en el bosque y otras cosas más. Se acostó, pero no se sacó el traje epidérmico, la cama era cómoda, con finas sábanas y tenía cortinas de seda, pero no podía conciliar el sueño. De pronto tocaron a su puerta.
-¿Quién es? -Soy yo, Giséo.
-¡Pasa!-Venía a darte las buenas noches, no es bueno dormirse sin hacer las pases con la otra persona- Giséo entró y vio algo luminoso sobre el velador pero no quiso preguntar.
-Bueno- dijo ella. Giséo se sentó junto a su cama.
-Descansa, mañana será un largo día.
-Bien, buenas noches.
-Buenas noches- respondió Aurea y ahora si que se apagaron las luces interiores del palacio, Aurea pensaba mucho, en que sería esa pirámide y aunque la Luna iluminaba toda la habitación, pronto prefirió dormirse, tenía tantas ganas de saber que más cosas vería mañana en este extraño y hermoso planeta.