Chiloé, capítulo III "En la Cueva de los Brujos de Quicaví".
En la Cueva de los Brujos de Quicaví, se reunían los miembros de la Mayoría, también conocida como la Recta Provincia.
Durante las noches de sábado, hacían terroríficos aquelarres con doncellas que secuestraban e hipnotizaban para sus demoníacos rituales. De todas las islas del archipiélago, los brujos de la Mayoría traían esas doncellas que eran sus contactos, una basta red de espías que también eran brujos y conocían los secretos de la magia.
Estos brujos de menor jerarquía debían respeto a los brujos del Concejo y tenían la capacidad de convertirse en animales y volar. Esta capacidad la adquirían del Macuñ, una manta que tejían de piel humana. Los brujos del Consejo eran los que tenían más alto rango en la Cueva de Quicaví. La que estaba custodiada por el horrendo Imbunche, quien fue un niño, que al ser raptado por la Mayoría, lo habían sometido a espeluznantes deformaciones.
El Imbunche era un ser atormentado, que había sido víctima de los más atroces vejámenes que un niño puede soportar y su locura contenía un profundo miedo y un inmenso odio hacia los humanos.
El Imbunche fue raptado hacía demasiado tiempo ya, de los mismos brazos de su madre, una noche que ella lo había llevado a la casa de su abuela atreviéndose a volver sola con el niño en brazos. De pronto se hizo de noche, cuando cruzaba el monte que separaba la casa de su madre con la suya, donde vivía junto a su esposo el Vikingo.
En eso, se le atravesó una criatura del monte, tan perversa que en cosas de segundos hizo que cayera la noche y los Tiuques gritaron y las Bandurrias se fueron y todos los otros pájaros se echaron a volar.
La Fíura se paró delante de ella, luego de salir detrás de un árbol y la luz oscura de su mirada asustó al pequeño niño y su madre. La mujer del Vikingo llego a saltar de la impresión de ver a esta vieja horrible y de pequeño tamaño. La Fíura en ese instante le arrebato al niño de los brazos, al momento que le arrojaba a los ojos arena de la playa negra que llevaba entre sus manos horrendas.
La esposa del Vikingo, jamás pudo recuperar la vista gracias al maleficio en la arena negra que le tiro la Fíura. Todavía hoy se la puede escuchar en las noches, llorar por su hijo perdido.
Estos brujos de la Cueva de Quicaví eran muy poderosos en conocimientos de alquimia y magia. Tenían la facultad de hacer muchos males y la Fíura especialmente era un ser muy dañino.
Llegó con el bebé hasta lo profundo del monte, entre Pompones y Caracoles, Alerces y Tepúes, a una pequeña cueva de Quilas y Lumas. En la cueva, dentro del tronco de un enorme Lárice, vivía la Fíura y el Trauco, su esposo. La deforme pareja se alimentaba especialmente del marsupial llamado Pompón del Monte, que cazaban todo el día sin cesar. Estos pequeños animales eran asados todas las noches a las brazas, dentro de su pequeña cueva forrada de junquillos secos que cubrían todos los rincones. En el centro, hacían una pequeña fogata cuyo humo los ahumaba a ellos y toda la cueva, dándoles un aspecto siniestro.
-Mira Pompón – dijo la Fíura a su esposo, quien asaba en las brazas un monito llamado igual que él. El Trauco al ver al bebe entre los harapos de la Fíura, lo quiso asar junto al monito, pero ella lo retó y cuidó al niño hasta el día sábado, alimentándolo con su leche. Entonces ese día llegó y al atardecer, la Fíura partió con el bebé hacia la Cueva de Quicaví.
La Fíura llegó con el niño bajo su manta y entró a la Cueva, que era una gran abertura en la tierra, que medía más de doscientos metros. Había un senda en la parte llana del centro, desde donde se podía ver la tupida vegetación del monte, al otro lado de la ensenada de mar que entraba hasta ahí. Más adentro, cuando ya se volvía oscura la Cueva, la Fíura llegó hasta una puerta negra de madera que cubría toda la entrada.
El Trauco no acompañaba a su deforme esposa, pues su mayor obsesión en las noches, después de alimentarse, era visitar y preñar a las doncellas que se internaban en el monte y se alejaban mucho de su hogar. Las esperaba en cualquier rincón y las seducía con los maleficio de su mirada.
La Fíura tocó tres veces la puerta de la Cueva y el viejo Imbunche abrió una pequeña puertecita que le permitía observar, y al reconocerla, abrió la puerta grande y la dejo entrar, sin saber que ella llevaba su propia sentencia de muerte.
El Imbunche estaba viejo y lleno de arrugas y sarna. Sus dientes ya no estaban y su cuerpo lleno de canas. Se subió sobre una mesa y se colocó de rodillas y la Fíura teniendo al bebé entre sus harapos, besó al Imbunche en el ano.
-¡Ya pasa! -le dijo y abrió una segunda puerta, con un manojo de llaves que tenía y manipulaba con gran habilidad. La Fíura entró a un salón oscuro, donde se iluminaban con varias lámparas de aceite humano. En el centro, en la pared de fondo, había un trono donde estaba sentada una hermosa doncella desnuda y con la vista ida entre el placer y una profunda hipnosis. Bajo ella, estaba el Rey de la Recta Provincia, besando y lamiéndole la vágina.
-Señor, le traje un presente. –dijo la Fíura y el Rey que estaba rodeado de otros cuerpos desnudos, trenzados en un baile de frenesí lascivo, se colocó de pie e hizo salir a la doncella del trono y se sentó en él.
-¿Que me traes, horrenda repugnancia? ¿Qué bien le traes al Rey de las Españas? –y dicho esto, con sus brazos detuvo en el aire el movimiento pélvico de los cuerpos junto a él. Era una orgía de proporciones entre varias doncellas y los demás miembros de la Mayoría. El Rey de las Españas como era conocido el Brujo Jefe de la Cueva de Quicaví, era un tipo llamado Chacho, que de día vivía en la ciudad de Castro y era comerciante. En el momento, recibió en sus brazos al bebe que la Fíura le estaba regalando.
-Te traje lo que pediste mi señor, este es el hijo del Vikingo. -dijo y se arrodilló frente al Rey que tenía al bebé en sus manos y que dijo;
-Imbunche, ven aquí. –y el enfermo cancerbero caminó sobre sus brazos y la única pierna que tenia a tierra, cruzando el salón y llegando hasta el púlpito que el Rey tenía frente a su trono. Recibió de manos del Rey este bebé y al tomarlo, lo golpeó espantosamente contra el púlpito. El bebé no dejaba de llorar y el Imbunche en un acto despiadado y enfermo, tomo la pierna derecha del bebé y la dobló sobre su espalda, fracturándola y dejándola sujeta en esa posición.
El Rey al ver el acto despiadado del Imbunche, levantó la espada que tenia junto a su trono y sacándola de la funda, cortó limpiamente la cabeza del Imbunche, que luego fue derretido en una enorme olla que estaba al fuego, en otro costado del salón. El nuevo Imbunche había sido deformado y debía ser alimentado con carne de niño recién nacido por cuarenta días.
-Este es solo el comienzo de tu trabajo, fealdad. –dijo el Rey a la Fíura y reunió a todos sus sirvientes y dijo; -Volaora, Visitaora General de la Recta Provincia, te ordeno a ti y todos tus infieles, traigan noticias de todos los niños menores de tres años que hallan nacido en el archipiélago de Chiloé, para que mis sirvientes los rapten y alimentemos al nuevo Imbunche. Mientras tanto Fíura, alimenta al Imbunche con tu leche y carne de chivo recién nacido, esperando a que traigan bebes para alimentarlo con sus carnes.
-En el acto, la Volaora vomitó sus tripas en una fuente de alerce y se transformó en el pájaro conocido como Bauda, junto a todas las doncellas que participaban de la orgía, salieron volando en busca de los bebes menores de tres años, para usarlos como alimento del nuevo Imbunche. Los brujos que acompañaban a la Volaora y las otras Volaoras de menor rango, salieron volando así en diferentes direcciones. Estos Brujos tenían el poder de volar, gracias a su Macuñ, que tejían con piel arrancada del pecho de los muertos que buscaban en los cementerios. A su vez el Macuñ les servía de lámpara, irradiando una tenue luz en plena noche y así podían volar en la cerrada oscuridad de Chiloé.
Durante las noches de sábado, hacían terroríficos aquelarres con doncellas que secuestraban e hipnotizaban para sus demoníacos rituales. De todas las islas del archipiélago, los brujos de la Mayoría traían esas doncellas que eran sus contactos, una basta red de espías que también eran brujos y conocían los secretos de la magia.
Estos brujos de menor jerarquía debían respeto a los brujos del Concejo y tenían la capacidad de convertirse en animales y volar. Esta capacidad la adquirían del Macuñ, una manta que tejían de piel humana. Los brujos del Consejo eran los que tenían más alto rango en la Cueva de Quicaví. La que estaba custodiada por el horrendo Imbunche, quien fue un niño, que al ser raptado por la Mayoría, lo habían sometido a espeluznantes deformaciones.
El Imbunche era un ser atormentado, que había sido víctima de los más atroces vejámenes que un niño puede soportar y su locura contenía un profundo miedo y un inmenso odio hacia los humanos.
El Imbunche fue raptado hacía demasiado tiempo ya, de los mismos brazos de su madre, una noche que ella lo había llevado a la casa de su abuela atreviéndose a volver sola con el niño en brazos. De pronto se hizo de noche, cuando cruzaba el monte que separaba la casa de su madre con la suya, donde vivía junto a su esposo el Vikingo.
En eso, se le atravesó una criatura del monte, tan perversa que en cosas de segundos hizo que cayera la noche y los Tiuques gritaron y las Bandurrias se fueron y todos los otros pájaros se echaron a volar.
La Fíura se paró delante de ella, luego de salir detrás de un árbol y la luz oscura de su mirada asustó al pequeño niño y su madre. La mujer del Vikingo llego a saltar de la impresión de ver a esta vieja horrible y de pequeño tamaño. La Fíura en ese instante le arrebato al niño de los brazos, al momento que le arrojaba a los ojos arena de la playa negra que llevaba entre sus manos horrendas.
La esposa del Vikingo, jamás pudo recuperar la vista gracias al maleficio en la arena negra que le tiro la Fíura. Todavía hoy se la puede escuchar en las noches, llorar por su hijo perdido.
Estos brujos de la Cueva de Quicaví eran muy poderosos en conocimientos de alquimia y magia. Tenían la facultad de hacer muchos males y la Fíura especialmente era un ser muy dañino.
Llegó con el bebé hasta lo profundo del monte, entre Pompones y Caracoles, Alerces y Tepúes, a una pequeña cueva de Quilas y Lumas. En la cueva, dentro del tronco de un enorme Lárice, vivía la Fíura y el Trauco, su esposo. La deforme pareja se alimentaba especialmente del marsupial llamado Pompón del Monte, que cazaban todo el día sin cesar. Estos pequeños animales eran asados todas las noches a las brazas, dentro de su pequeña cueva forrada de junquillos secos que cubrían todos los rincones. En el centro, hacían una pequeña fogata cuyo humo los ahumaba a ellos y toda la cueva, dándoles un aspecto siniestro.
-Mira Pompón – dijo la Fíura a su esposo, quien asaba en las brazas un monito llamado igual que él. El Trauco al ver al bebe entre los harapos de la Fíura, lo quiso asar junto al monito, pero ella lo retó y cuidó al niño hasta el día sábado, alimentándolo con su leche. Entonces ese día llegó y al atardecer, la Fíura partió con el bebé hacia la Cueva de Quicaví.
La Fíura llegó con el niño bajo su manta y entró a la Cueva, que era una gran abertura en la tierra, que medía más de doscientos metros. Había un senda en la parte llana del centro, desde donde se podía ver la tupida vegetación del monte, al otro lado de la ensenada de mar que entraba hasta ahí. Más adentro, cuando ya se volvía oscura la Cueva, la Fíura llegó hasta una puerta negra de madera que cubría toda la entrada.
El Trauco no acompañaba a su deforme esposa, pues su mayor obsesión en las noches, después de alimentarse, era visitar y preñar a las doncellas que se internaban en el monte y se alejaban mucho de su hogar. Las esperaba en cualquier rincón y las seducía con los maleficio de su mirada.
La Fíura tocó tres veces la puerta de la Cueva y el viejo Imbunche abrió una pequeña puertecita que le permitía observar, y al reconocerla, abrió la puerta grande y la dejo entrar, sin saber que ella llevaba su propia sentencia de muerte.
El Imbunche estaba viejo y lleno de arrugas y sarna. Sus dientes ya no estaban y su cuerpo lleno de canas. Se subió sobre una mesa y se colocó de rodillas y la Fíura teniendo al bebé entre sus harapos, besó al Imbunche en el ano.
-¡Ya pasa! -le dijo y abrió una segunda puerta, con un manojo de llaves que tenía y manipulaba con gran habilidad. La Fíura entró a un salón oscuro, donde se iluminaban con varias lámparas de aceite humano. En el centro, en la pared de fondo, había un trono donde estaba sentada una hermosa doncella desnuda y con la vista ida entre el placer y una profunda hipnosis. Bajo ella, estaba el Rey de la Recta Provincia, besando y lamiéndole la vágina.
-Señor, le traje un presente. –dijo la Fíura y el Rey que estaba rodeado de otros cuerpos desnudos, trenzados en un baile de frenesí lascivo, se colocó de pie e hizo salir a la doncella del trono y se sentó en él.
-¿Que me traes, horrenda repugnancia? ¿Qué bien le traes al Rey de las Españas? –y dicho esto, con sus brazos detuvo en el aire el movimiento pélvico de los cuerpos junto a él. Era una orgía de proporciones entre varias doncellas y los demás miembros de la Mayoría. El Rey de las Españas como era conocido el Brujo Jefe de la Cueva de Quicaví, era un tipo llamado Chacho, que de día vivía en la ciudad de Castro y era comerciante. En el momento, recibió en sus brazos al bebe que la Fíura le estaba regalando.
-Te traje lo que pediste mi señor, este es el hijo del Vikingo. -dijo y se arrodilló frente al Rey que tenía al bebé en sus manos y que dijo;
-Imbunche, ven aquí. –y el enfermo cancerbero caminó sobre sus brazos y la única pierna que tenia a tierra, cruzando el salón y llegando hasta el púlpito que el Rey tenía frente a su trono. Recibió de manos del Rey este bebé y al tomarlo, lo golpeó espantosamente contra el púlpito. El bebé no dejaba de llorar y el Imbunche en un acto despiadado y enfermo, tomo la pierna derecha del bebé y la dobló sobre su espalda, fracturándola y dejándola sujeta en esa posición.
El Rey al ver el acto despiadado del Imbunche, levantó la espada que tenia junto a su trono y sacándola de la funda, cortó limpiamente la cabeza del Imbunche, que luego fue derretido en una enorme olla que estaba al fuego, en otro costado del salón. El nuevo Imbunche había sido deformado y debía ser alimentado con carne de niño recién nacido por cuarenta días.
-Este es solo el comienzo de tu trabajo, fealdad. –dijo el Rey a la Fíura y reunió a todos sus sirvientes y dijo; -Volaora, Visitaora General de la Recta Provincia, te ordeno a ti y todos tus infieles, traigan noticias de todos los niños menores de tres años que hallan nacido en el archipiélago de Chiloé, para que mis sirvientes los rapten y alimentemos al nuevo Imbunche. Mientras tanto Fíura, alimenta al Imbunche con tu leche y carne de chivo recién nacido, esperando a que traigan bebes para alimentarlo con sus carnes.
-En el acto, la Volaora vomitó sus tripas en una fuente de alerce y se transformó en el pájaro conocido como Bauda, junto a todas las doncellas que participaban de la orgía, salieron volando en busca de los bebes menores de tres años, para usarlos como alimento del nuevo Imbunche. Los brujos que acompañaban a la Volaora y las otras Volaoras de menor rango, salieron volando así en diferentes direcciones. Estos Brujos tenían el poder de volar, gracias a su Macuñ, que tejían con piel arrancada del pecho de los muertos que buscaban en los cementerios. A su vez el Macuñ les servía de lámpara, irradiando una tenue luz en plena noche y así podían volar en la cerrada oscuridad de Chiloé.

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