Persus Diógenes Nibaes Morrizon, Antipoeta, Cuentista, Novelista.

Thursday, January 24, 2008

Chiloé, capítulo II "En el Curanto".

Entró el Cholga a la casa y en el comedor estaba mudo Alvarado Viejo, sentado a la cabecera de la mesa. En la pared colgaba la parte delantera de una antigua armadura española y unos arcabuces, junto a dos sables cruzados. Todas armas de un pasado de guerras y victorias, batallas y derrotas. Martín de Alvarado Figueroa, conocido como Alvarado Viejo, era un español que arrancó de la hueste que se asentó en la región del Chauracahuin, en la ciudad de San Mateo de Osorno, fundada en 1558 por García Hurtado de Mendoza entre el río Damas y el río de las Canoas, y que después de años de guerras y asedios por parte de los mapuches y huilliches, bajo las ordenes del Toqui Purenense Pelantaru, fue completamente destruida. Esto ocurrió en la sublevación indígena que destruyó, las siete ciudades al sur del río Bío-bío en el Reino de Chile, en tiempos del Gobernador Alonso de Ribera, alrededor del año mil seiscientos. Por este motivo, los pobladores de la ciudad escaparon hacia el suroeste, fundando la villa de San Antonio de Carelmapu en el Océano Pacífico, cerca del Canal de Chacao y otros escaparon hacia el sur, fundando la villa de San Miguel de Calbuco, en la rivera oeste del Golfo de Calbuco, hoy Seno del Reloncaví. Luego, algunos de los que fueron a Carelmapu, siguieron hasta Chiloé, entre ellos Alvarado. Su hermano era encomendero en la ciudad destruida de Osorno y luego en Carelmapu y Chiloé, pero Alvarado escapó desde Carelmapu raptando a la Chola. Ella era una huilliche mucho más joven que él, cuando la raptó de la encomienda de indios de su hermano mayor y se establecieron en la zona de Llaullao, en la costa oriental de la isla, cerca de la ciudad de Santiago de Castro.

Después del Cholga, entró la Chola a la casa, con una fuente llena de mariscos y milcaos. Aun en la plenitud de su vida, llevaba un trarihue en la cintura y una trarilonco sobre la frente. Vestida con el macuñ negro característico de ella y de toda su familia. Luchito entró con una fuente de choritos y almejas y se sentó, en el otro extremo de la mesa. Sirvió todos los vasos con licor de papa. Junto al Viejo se sentó Alvarado y frente a él, se sentó el Cholga. La Chola puso en el centro de la mesa, una fuente llena de carne de cerdo, milcaos y chapaleles. El Viejo terminó de encender todas las velas y velones y Alvarado dijo;

-Familia, hay que dar las gracias a la virgen María y nuestro señor Jesucristo por los alimentos y a nuestro Dios padre, por un día más de vida. – y levantó su vaso y brindó con todos a la luz de las velas. En una de las piezas del segundo piso, dormía la Chola Chica que era apenas una niña pequeña.

Luego de un momento llegaron la María y El tosca con una botella de licor de oro y se sentaron a la mesa a disfrutar del exquisito curanto.

-¿Dónde estabas? – preguntó la mamá Chola a la María.

-¡Si acompañé al Tosca a su casa oh! ¡A buscar el licor de oro que trajo, no `ma! – respondió y sacó unos choritos y los puso en su plato.

-Tú sabes cabra, que no me gusta que andes de noche fuera de la casa, mira que el Trauco te puede pillar sola por ahí y hacerte su gracia. –reprochó la mamá a su hija, mientras comía unos chapaleles.

-¡No se preocupe señora Milla! Si ella me acompañó y andábamos juntos.- dijo el Tosca, hablando y sin mirar a nadie, sacando unas almejas y llevándolas a su plato.

-Le estábamos contando al Tosca, de la ves que el papá estuvo con los Alacalufes.- dijo el Luchito, cambiando el tema y comiendo un milcao.

-Eso es lo que dice el Cholga, que se encontró con unos Alacalufes y le contaron que eran amigos de este Viejo mudo. –dijo la Chola, mirando al Viejo que comía papas con la vista perdida.

-Si, ese Alacalufe Viejo me llevó a su tribu y me dieron de comer.

-¿Ellos fueron los que te invitaron a comer carne de perro? – preguntó el Luchito.

-No, esos fueron mis familiares de la isla Laitec, ellos cocinan sus perros con papas, a las brasas, son deliciosos, especialmente las piernas y con su cuero hacen ropa y su lana la hacen tejidos. –contó el Cholga, que tenía familia tanto en el archipiélago de Chiloé como en el de los Chonos, puesto que estos pueblos eran nómades. Hacía tiempo que el Cholga había ido a recorrer los canales del sur para ver a su familia sanguínea. Cuando cumplió los quince años, decidió que era hora de volver a sus islas y en ese viaje, hizo un alto en las islas del sureste de Chiloé, donde vivían algunos de sus familiares. Luego emprendió viaje rumbo más al sur, por los canales del archipiélago de los Chonos. Se encontró por fin con su familia y estuvo con ellos un tiempo, trabajó en el mar y en el alerce, hasta que después de un tiempo, decidió volver a Chiloé. Siempre extrañó su Chola y su Viejo, a sus perros y sus hermanos, en el fondo el Cholga ya no se sentía Chono, sino que ahora se sentía Chilote. Fue en ese viaje, cuando se encontró con los Alacalufes, merodeando los canales del sur del Golfo de Penas y participó de sus ceremonias y de sus fiestas, pero ya hacia tiempo que ese viaje había terminado y ahora era feliz en la Isla Grande.

Estaban todos comiendo entre la luz de los velones cuando se escuchó los perros ladrar, el Viejo se puso intranquilo, todos se dieron cuenta que alguien venía a la casa, pero ¿Quien sería a esa hora? Todos se miraron y Alvarado dijo;

-¡Apuesto que viene alguien! ¿Quién será? – y en el momento se sintió que alguien se acercaba a la casa. Alvarado tomo el paño de loza y se limpió las manos y la boca y salió a ver quien era el recién llegado. Los perros ladraban furiosos, más que de costumbre, al extraño que desde la puerta de la casa no se podía reconocer. Sino fue, hasta que se acercó al portón de la huerta y entro a esta, que Alvarado lo reconoció. -¡Si no es nuestro amigo el cura Bruno! ¡Hola hombre de dios! ¿Cómo estas? ¡Pasa no más, si los perros están amarrados! –dijo y salió al encuentro del visitante.

-¡Hola familia! ¿Cómo están todos? –dijo el cura al entrar a la casa.

-¡Hola padrecito! Bien `po. ¿Cómo esta usted? Llegó justo al curanto, siéntese por aquí. –dijo la Chola, ubicando al cura en la mesa.

-¡Oh, ¡Que rico! Gracias.- dijo él saludando a toda la familia y sacándose el poncho negro que traía. – Es que he llegado justo antes de quedar debajo de la mesa, ni que el olor me hubiera traído. – dijo y se sentó, con su rechoncho cuerpo al festín.

-Hace tiempo que no venía por aquí padre, ¿Cómo están las cosas en Castro? – preguntó Alvarado, acercándole la fuente de carne y de milcaos, mientras Luchito le llenaba un vaso de licor de papa.

-Más o menos no más hijo, fíjate que han ocurrido algunas cosas raras en la ciudad.

-¿Cosas raras? ¿Que más raro que andar pasado a jibia? -dijo Luchito y todos se echaron a reír.

- ¿Qué cosas han pasado padre, cuente? –dijo el Tosca, con un chapalele en la mano.

-Cosas raras hijo, pero es que no debo echarles a perder vuestra cena, que por lo demás esta exquisita, con historias de imbunches y brujos. Vosotros sabéis que yo no creo en esas cosas hijo, yo solo creo en dios y si le tengo miedo a algo, es a los Purenenses, a nada más.

-¿Y al demonio padre, no le tiene miedo? – dijo Alvarado.

-No hijo, no tengo por qué tener miedo a los demonios, ni a los brujos. Yo represento la palabra de nuestro señor Jesucristo, que murió en la cruz por todos nosotros, y ella es más poderosa que Satanás y sus huestes de malditos. – dijo el cura, tomando el vaso de licor hasta la última gota.

-Pero padre, entonces, ¿Por que le teme tanto a los Purenenses? Esas cosas son leyendas del pasado, que el Viejo nos contaba cuando éramos niños, ahora somos hombres y solo respetamos el mar. – dijo Alvarado, dejándose llevar por la emoción, de los recuerdos de su padre, cuando salían a pescar y les contaba las historias de los españoles que murieron en América en nombre del Rey de España.

-Hijo, lo que pasó en la ciudad perdida de San Mateo de Osorno, fue muy cruel, muy terrorífico, mejor conversemos de otras cosas, y no le hagan recordar a un viejo cura como este, cosas que no le dejan dormir. – dijo, masticando un chapalele.

-Pero padre, si usted no nos cuenta. ¿Quien va a hacerlo? El Viejo ya no habla y nuestro tío ya no esta con nosotros, en el mundo de los vivos. – dijo Luchito, muy interesado en el relato del cura.

-Este viejo ya no habla, porque no quiere, yo lo he escuchado hablando con los perros y con los pájaros y se hace el leso no ‘ma, así que mejor será que cuente no ‘ma padre, porque sino, nadie va a saber que paso en esa ciudad perdida que nombra usted.- dijo la Chola.

-Bueno. -dijo el cura.- Ya que insisten, les voy a contar. Su tío, el Capitán de su Majestad, don Diego de Alvarado, hermano mayor de su padre, era encomendero de ochocientos indios en su merced de tierras en el territorio llamado por los Huilliches, como Chauracahuin, entre el río Damas y el río de las Canoas, donde se encuentran las ruinas de la destruida ciudad de Osorno. En esa encomienda vivían los padres de su madre. ¿Verdad doña Milla?

-Así es padre, mi familia trabajaba para la encomienda de los Alvarado que quedaba entre los ríos Rahue y Cudileufú, y nos fuimos con ellos de la ciudad, cuando esta fue arrasada. – respondió la Chola.

-Es que bueno, lo ocurrido fue que los Mapuches del norte del Chauracahuin, se alzaron en las tierras al sur del río Bío-bío y destruyeron entre los 1598 y 1603, todas las ciudades españolas, incluyendo Angol, La Imperial, Villarrica, Arauco, Cañete, Valdivia, etc. Cuando vinieron a asediar a la ciudad de Osorno donde yo me encontraba trabajando para el señor, todos los habitantes de la ciudad teníamos el temor de morir, atravesados por una lanza mapuche. Esta era la última ciudad que quedaba en pie y debíamos aguantar o íbamos a ser completamente expulsados del territorio, que con tanto esfuerzo habíamos arrebatado a los mapuches y los huilliches para el señor. – dijo comiendo un gran trozo de carne de cerdo. – Entonces vosotros sabréis que no nos podían tomar con la guardia baja, así que reformamos las empalizadas que fortificaban la ciudad y nos preparamos para el largo asedio. Se sabía de antemano que no nos íbamos a entregar tan rápido y sin luchar, a las flechas de los bravos mocetones Araucanos. De hecho, pensábamos que si la defensa de la ciudad se hacia en forma ordenada, podríamos resistir, pero nunca contamos con la valentía de los Purenenses. –dijo el cura, hablando y tragando.

-¿Y quienes eran estos Purenenses que usted tanto habla, señor? – dijo el Tosca, que no sabia de esta historia porque el llegó a Chiloé siendo muy joven en el barco del corsario holandés Jorge Spilberg, quien en 1615 destruyó la ciudad de Castro y desde esa época, el Tosca desertó y se estableció, viviendo con los indígenas y dedicándose a la pesca.

-¡Esos naturales eran los más aventajados guerreros que se han visto sobre la faz de la tierra hombre! Superiores en el arte de la guerra a cualquier español y cualquier mapuche, eran de un lugar llamado Purén y obedecían las ordenes del cacique Curibeli y el cacique Anganamon, que a su ves obedecían las ordenes del gran Toqui Pelantaru. El había participado con Lautaro en sus campañas y a su ves este, introdujo el dominio del caballo español a las huestes indígenas, porque de niño fue apresado por Don Pedro de Valdivia y había sido caballerizo de él. Entonces aprendió el castellano y así conoció bien los movimientos de las huestes hispanas, y de esta manera le traspasó todo ese conocimiento a Pelantaru, quien con sus caciques y mocetones, conformaron el ejercito más temido, que haya asolado ciudad española alguna. Incluso durante años, usó el cráneo del Gobernador Martín García Gómez de Loyola, como recipiente para tomar su chicha, en las fiestas que celebraban después de una victoria. – diciendo esto, el Viejo Alvarado comenzó a ponerse nervioso y a botar sus mariscos. ¡Vean ustedes! ¡Todavía se aterra Alvarado Viejo, al recordar a esos Purenenses! –dijo el cura bebiendo un nuevo vaso de licor. Todos se quedaron en silencio y llenaron nuevamente los vasos. La Chola tomó del brazo al Viejo y lo llevó al dormitorio, mientras el cura siguió con su historia.

-¿Pero como nadie le pudo hacer frente a ese indio Pelantaru? –dijo el Tosca.

-Nadie, hijo, si incluso algunos huilliches del Chauracahuin, comandados por el cacique Cholchol, se negaron a que fuera Pelantaru quien comande el alzamiento en tierras huilliches. –respondió, tomando unos mariscos de la fuente que estaba nuevamente llena.

-¿Y porqué ellos no querían que fuera el? –pregunto Luchito.

-Porque no querían que fuera un mapuche, quien comande, en territorios huilliches. –interrumpió la Chola volviendo del dormitorio.

-Claro, es que vosotros debéis pensar que no es fácil, que un guerrero, acepte que otro guerrero foráneo, mande un alzamiento en sus tierras. –respondió el cura.

-¿Y que pasó? –pregunto Alvarado.

-Pelantaru envió al cacique Curibeli quien era un hábil guerrero, con un grupo de sus mejores mocetones, a negociar los caballos y soldados, que los huilliches entregarían para contribuir al asedio de la ciudad. Entonces Cholchol se opuso y aseguró, que solo sobre su cadáver un Purenense comandaría las huestes huilliches en los territorios del Chauracahuin, así que Curibeli lo retó a duelo Un duelo a caballo con arco y flecha, con la condición que si Cholchol ganaba, él comandaría los ataques a la ciudad, pero si él moría, seria Pelantaru el único Toqui del Chauracahuin. – terminó de decir el cura, empinando el vaso de licor. Con el calor del relato ya todos estaban interesados en conocer el desenlace, así que llenaron nuevamente las fuentes de mariscos, milcaos, chapaleles y carnes.

-¿Y quien gano? –preguntó Luchito.

-Espera pequeño Luís, vamos por partes, respondió el cura, sudando al calor de la comida…

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