Chiloé, capítulo I "En la Playa".
Alvarado llegó a la fogata que encendieron a orillas de la playa, con una chuica de licor de papa, a saludar a Tosca, a Luchito y a Cholga, que a esa hora de la noche celebraban como todas las noches cuando había buena pesca.
-¡Llegaste Jote!- dijo Tosca, quien era un tipo muy moreno y alto, vestía siempre con un poncho negro, botas de cuero negras y un gorro de lana cruda de oveja.
Alvarado se sentó y mostró su cara arrugada por el mar, a la luz de la fogata. Más allá en la espesura de la noche todo era silencio… Tosca abrió la chuica y siguió contando su historia mientras servía los vasos con el espeso licor.
-¿Y la Volaora, era una mina muy rica? -preguntó Luchito, hermano menor de Alvarado.
-Si ‘po, era una mina flaca y blanca, de unos treinta años, pero que parecía una cabrita no más, entró volando con forma de Bauda por la ventana y comió de un lavatorio de alerce que tenía debajo de su cama, unas tripas que eran sus propias tripas. Se las comió de un solo sorbo y en el momento, se transformó en una tremenda mina. Tenía el pelo negro y largo y estaba en pelotas, siempre dentro de la pieza la mina estaba desnuda. -contó el Tosca, bebiendo de su vaso.
Alvarado, Luchito y El Cholga, escuchaban atentamente la historia del Tosca al rededor de la fogata, en la playa entre sus botes. El Cholga miró el cielo y dijo.
-Va a llover mañana cabros…-el Cholga era un Chono que llegó a Chiloé desde el sur, y se perdió de su tribu cuando era niño. Un día embarcado en su dalca se alejó mucho de su bahía, por canales al norte que él no conocía y justo cuando trató de volver, lo atrapó un gran temporal y estuvo perdido días en el mar. Solo recuerda que un viejo le hablaba en un idioma que él no conocía, pero que con el tiempo aprendió. Este viejo lo llevó a su casa y lo curó de las heridas que le había hecho el mar durante el temporal. Con el tiempo el Cholga fue uno hijo más para Alvarado Viejo y la Chola, y terminó de convertirse en hombre junto a los hijos de estos, el Jote y Luchito, la Chola chica y la María.
El Tosca continuó su historia, bebiendo de su vaso que estaba nuevamente lleno…
-Esa noche cabros, no me aguanté las ganas y me fui a la pieza de la Volaora.
-¡Ya! ¿Te atreviste a ir?- preguntó Luchito, mientras le ponía más leña al fuego. A lo lejos sobre los cerros, estaba la casa de la familia Alvarado, mientras que al otro extremo de la bahía, quedaba la casa del Tosca.
-Si ‘po, es que me puse como hueón, porque yo estaba mirando por un hoyito desde la pieza del lado y la Volaora cachó y como que me hipnotizó. No podía dejar de mirarla y no me di ni cuenta, cuando estuve desnudo en su pieza. Ella estaba sacándome la ropa, cuando don Gastón, que era el dueño de esa pensión en Castro, me llamó para invitarme una caña de licor de oro. Cuando ella escuchó, me echó de la pieza y vomitó sus tripas en un lavatorio de alerce y se fue volando. Era un pájaro negro y feo, conocido como la Bauda. Yo le conté a don Gastón y él me dijo que era un brujo, que me podía comer el ánimo y que tenía que irme de su casa, porque sino el brujo no me iba a dejar tranquilo y otros brujos me iban a molestar, porque la Volaora era una mensajera de los brujos de la Mayoría, que se juntan en la Cueva de Quicaví. Yo le dije que sería una bruja entonces y él me dijo que era lo mismo, que la Volaora se presentaba como una mina bien rica, pero que en realidad era una Bauda, que servía de mensajero a los brujos de Quicaví.
-¡Ja ja, entonces el Jote es un brujo, por lo negro! -dijo el Luchito y todos se rieron. Alvarado es conocido como el Jote, más allá por su forma de vestir de negro, por su aspecto flaco y su boca sin dentadura, además de su piel morena, casi negra y su pelo largo y sucio. Es alto, no tanto como su padre Alvarado Viejo, pero bien moreno como su madre. Desde niño había trabajado con su padre y sus hermanos en la pesca. Cuando Alvarado Viejo se instaló en Chiloé con su Chola, ellos comenzaron a sobrevivir del mar, hicieron botes y lanchas pequeñas de madera, a la manera de los Chonos del lugar, pero incluyeron una vela para entrar bahía adentro, en lo que hoy es la bahía de Llaullau, cerca de Castro. Así Alvarado, el Cholga y Luchito habían trabajado en el mar junto al Viejo, hasta que hacía unos años, el Viejo se cayó al mar en un temporal y se perdió.
-¿Y que hicieron con las tripas?- preguntó Alvarado.
-Las enterramos, hueón pa’ que no moleste más. Igual la Volaora me molesta siempre -dijo el Tosca, bebiendo junto a los otros tres pescadores. -Las noches de luna llena me va a molestar a la casa, pero yo no le abro, aunque sea muy rica la mina, no le abro, ¡Ella te come el ánimo!
-¿Cómo es eso? –preguntó Luchito.
-Te saca el animo ‘po, se lo come y te empezai a secar, a ponerte enfermo, hasta que te morí y ninguna médica te puede curar. Si te acostai con la Volaora ella te come el ánimo.
-¡Oye Jote! -preguntó el Cholga. –Cuenta, ¿Como fue la noche que vieron el Caleuche, cuando volvió el Viejo y se perdió el Viejo Catrutro?- Al hacer la pregunta, todos quedaron en silencio. Fue un silencio frío, se escuchó el mar y se ordenó los palos del fuego, en lo alto pasaron unos pájaros…-¡Ya ‘po, cuenta lo del Caleuche ‘po! –insistió el Cholga.
-Pucha, esa noche con el Viejo Catrutro fuimos a tirar las redes. Hacía frío y las nubes viajaban rápido en el cielo. El Viejo Catrutro, era un marino intrépido, conocía bien este lado de la isla y sus canales. Pero esa noche se perdió.
-¿Pero que le pasó? ¿El Caleuche lo llevó? –pregunto Luchito.
-Lo que pasó fue, que esa noche con el Viejo Catrutro fuimos a tirar las redes en su lancha…
-¿Y esa noche se perdió el Viejo Catrutro? ¿Entonces esta muerto? –interrumpió el Cholga.
-Sí, esa noche se perdió. Los brujos cambiaron a nuestro Viejo por el Viejo Catrutro.
-¿Pero cómo fue? ¿Tú, viste al Caleuche? –preguntó el Cholga muy asustado.
-Si ‘po hueón. El canal de pronto se llenó de neblina y comenzó a soplar un viento frío, cada ves más fuerte. Pero de pronto se quedó todo tranquilo y vi una luz dentro de la neblina y el Catrutro ya no estaba en la lancha. Escuche música de fiesta y la luz se movía a poca distancia, acercándose. Era el Caleuche, el mismísimo barco de los brujos, el “Barco de Arte” como le llaman ellos. Era súper grande, pero por la neblina no lo podía ver bien. Solo veía una luz que brillaba en la oscuridad, comencé a buscar a Catrutro por babor pero no lo encontré y cuando me di vuelta, el Caleuche estaba en estribor justo al lado de la lancha. Alto, era como si fuera de vidrio, parecía congelado, como si estuviera hecho de hielo y desde arriba me miraba mi viejo, muy asustado. En el momento, se tiró a bordo de la lancha y se quebró una pierna al caer, por eso ya no sale a pescar. En ese rato el Caleuche desapareció sin dejar rastro. La neblina se disipó y comenzó nuevamente a correr ese viento helado, desde esa vez que no habla. –dijo el Jote Alvarado, bebiendo al seco un trago de su licor.
-¿Y que pasó con el Viejo Catrutro? –preguntó el Cholga, mientras todos miraban el fuego.
-No lo vi más, el Viejo Catrutro se perdió. El Caleuche se lo llevó y regresó al Viejo.
-¿Y donde estuvo el Viejo todo ese tiempo? –preguntó el Tosca.
-Estuvo con los Alacalufes. –interrumpió el Cholga. –Ellos me contaron que eran amigos del Viejo. Yo estaba buscando alerces, esa vez que fui a ver a mi familia y estábamos al sur del archipiélago de Los Chonos cerca del Golfo de Penas y me topé con unos Alacalufes que estaban sacando locos. Los identifiqué al tiro porque un Alacalufe viejo y chico que era el jefe, andaba con el macuñ del Viejo, un macuñ que la Mamá Chola le había tejido. Cuando me vio y se dio cuenta que yo andaba con un macuñ parecido, se acercó y me habló en su idioma, me mostró su macuñ y me di cuenta que tenía algo que contarme. Entonces llamó a un Alacalufe más joven que hablaba el idioma Chono y él me contó que el Viejo le había regalado su macuñ al jefe. Que lo habían encontrado hace años moribundo en una playa al sur del Golfo de Penas y lo habían llevado más al sur, donde su tribu para curarlo. Para cuando se sanó, el Viejo le regaló su macuñ al jefe y me contaron que ellos lo llevaron de vuelta hasta el Golfo de Penas y ahí él emprendió el viaje de regreso hasta Chiloé.
-¿Entonces tu viejo estuvo con los Alacalufes y fue el Caleuche que lo trajo de vuelta? –preguntó el Tosca.
-Si.- dijo Alvarado.- ¡Y desde entonces no quiere hablar! –cuando terminó de decir esto, todos se mostraron intranquilos e inquietos, con mucho asombro en sus rostros. Una nueva caña de licor circuló rebosante.
Con el grito de las bandurrias llego la María a la fogata. La mayor de las hijas de Alvarado Viejo y la Chola, era una niña de catorce años y de una sensualidad poco usual para las niñas de su edad.
-Holas.- dijo y se sentó junto al Tosca, que era mucho mayor que ella, y le dio un beso en silencio.
-¿Y como va el curanto? –preguntó Luchito sobandose las manos.
-Esta listo. -dijo la María y se sirvió un resto del vaso del Tosca, acurrucándose y abrasándose a él. Estaba vestida por un macuñ largo y negro, hecho por ella misma, que a su vez lo aprendió de su madre, tenía varios modelos del mismo color, pero con diferentes bordados y motivos de colores. -Dijo la mamá que suban a ayudar a destapar el curanto. –contó, mientras le daba otro beso en la mejilla al Tosca.
-Ya, vamos cabros.- dijo Alvarado y todos se pusieron a poner leña a la fogata para volver a la playa después de la comilona.
Tosca y la María se fueron en dirección de la casa de él, y Luchito revisó las amarras de los botes y de la lancha que estaba a la gira. El Cholga recogió todos los vasos y la chuica y caminaron en dirección de la casa. La huella a modo de sendero, apenas se podía ver en la noche profunda y Alvarado llevaba delante de él una antorcha. A lo lejos, su casa se veía a los pies del cerro, junto a la huerta. Los perros jugaban, amarrados junto a la casa.
Por el otro camino, la Maria iba bien apretada del brazo del Tosca y lo acompañó a buscar un licor de oro que tenía en su despensa. Entraron y él puso leña en el fogón que quedaba en el centro de la pieza que usaba de cocina. La María se fue hacia la penumbra, en la sala que era el dormitorio y se sacó el macuñ. Desnuda se metió en la cama, entre las pieles del Tosca.
-Negro, ven aquí. – le dijo y el Tosca la vio acostada y se quitó la ropa también. Saltando en un pie y luego en el otro, se sacó las botas, mientras la María lo esperaba revolcándose en las pieles con ese calor insoportable entre las piernas.
-¡Mi amor que caliente estas! -dijo el Tosca y se acostó sobre ella entre las pieles de la cama.
-Mira, tócame aquí.- dijo ella y acercó la mano de él entre sus piernas para mostrarle su humedad. Él, sobre ella tomó su mano, poniéndola en su erección vigorosa. Ella se la introdujo, retorciéndose entre las sombras y las pieles.
Alvarado abrió el portón de la huerta que estaba antes de la casa, ésta, apenas se podía ver, entre las altas varas de habas y arvejas. Más allá, junto a los árboles estaba la Chola, sacando las hojas de pangue con que se cubre el curanto. Debajo, humeando las papas y los mariscos, la carne de cerdo jugosa y los milcaos con chicharrones, se cocinaban entre los chapaleles y las longanizas, al calor de las piedras que se colocan al fondo de un agujero en la misma tierra y sobre ella se hace fuego, luego se retiran las brasas y sobre las piedras al rojo vivo, se cocina el curanto. El aroma viajaba por todas partes invitando a disfrutar de aquella deliciosa comida.
-¡Llegaste Jote!- dijo Tosca, quien era un tipo muy moreno y alto, vestía siempre con un poncho negro, botas de cuero negras y un gorro de lana cruda de oveja.
Alvarado se sentó y mostró su cara arrugada por el mar, a la luz de la fogata. Más allá en la espesura de la noche todo era silencio… Tosca abrió la chuica y siguió contando su historia mientras servía los vasos con el espeso licor.
-¿Y la Volaora, era una mina muy rica? -preguntó Luchito, hermano menor de Alvarado.
-Si ‘po, era una mina flaca y blanca, de unos treinta años, pero que parecía una cabrita no más, entró volando con forma de Bauda por la ventana y comió de un lavatorio de alerce que tenía debajo de su cama, unas tripas que eran sus propias tripas. Se las comió de un solo sorbo y en el momento, se transformó en una tremenda mina. Tenía el pelo negro y largo y estaba en pelotas, siempre dentro de la pieza la mina estaba desnuda. -contó el Tosca, bebiendo de su vaso.
Alvarado, Luchito y El Cholga, escuchaban atentamente la historia del Tosca al rededor de la fogata, en la playa entre sus botes. El Cholga miró el cielo y dijo.
-Va a llover mañana cabros…-el Cholga era un Chono que llegó a Chiloé desde el sur, y se perdió de su tribu cuando era niño. Un día embarcado en su dalca se alejó mucho de su bahía, por canales al norte que él no conocía y justo cuando trató de volver, lo atrapó un gran temporal y estuvo perdido días en el mar. Solo recuerda que un viejo le hablaba en un idioma que él no conocía, pero que con el tiempo aprendió. Este viejo lo llevó a su casa y lo curó de las heridas que le había hecho el mar durante el temporal. Con el tiempo el Cholga fue uno hijo más para Alvarado Viejo y la Chola, y terminó de convertirse en hombre junto a los hijos de estos, el Jote y Luchito, la Chola chica y la María.
El Tosca continuó su historia, bebiendo de su vaso que estaba nuevamente lleno…
-Esa noche cabros, no me aguanté las ganas y me fui a la pieza de la Volaora.
-¡Ya! ¿Te atreviste a ir?- preguntó Luchito, mientras le ponía más leña al fuego. A lo lejos sobre los cerros, estaba la casa de la familia Alvarado, mientras que al otro extremo de la bahía, quedaba la casa del Tosca.
-Si ‘po, es que me puse como hueón, porque yo estaba mirando por un hoyito desde la pieza del lado y la Volaora cachó y como que me hipnotizó. No podía dejar de mirarla y no me di ni cuenta, cuando estuve desnudo en su pieza. Ella estaba sacándome la ropa, cuando don Gastón, que era el dueño de esa pensión en Castro, me llamó para invitarme una caña de licor de oro. Cuando ella escuchó, me echó de la pieza y vomitó sus tripas en un lavatorio de alerce y se fue volando. Era un pájaro negro y feo, conocido como la Bauda. Yo le conté a don Gastón y él me dijo que era un brujo, que me podía comer el ánimo y que tenía que irme de su casa, porque sino el brujo no me iba a dejar tranquilo y otros brujos me iban a molestar, porque la Volaora era una mensajera de los brujos de la Mayoría, que se juntan en la Cueva de Quicaví. Yo le dije que sería una bruja entonces y él me dijo que era lo mismo, que la Volaora se presentaba como una mina bien rica, pero que en realidad era una Bauda, que servía de mensajero a los brujos de Quicaví.
-¡Ja ja, entonces el Jote es un brujo, por lo negro! -dijo el Luchito y todos se rieron. Alvarado es conocido como el Jote, más allá por su forma de vestir de negro, por su aspecto flaco y su boca sin dentadura, además de su piel morena, casi negra y su pelo largo y sucio. Es alto, no tanto como su padre Alvarado Viejo, pero bien moreno como su madre. Desde niño había trabajado con su padre y sus hermanos en la pesca. Cuando Alvarado Viejo se instaló en Chiloé con su Chola, ellos comenzaron a sobrevivir del mar, hicieron botes y lanchas pequeñas de madera, a la manera de los Chonos del lugar, pero incluyeron una vela para entrar bahía adentro, en lo que hoy es la bahía de Llaullau, cerca de Castro. Así Alvarado, el Cholga y Luchito habían trabajado en el mar junto al Viejo, hasta que hacía unos años, el Viejo se cayó al mar en un temporal y se perdió.
-¿Y que hicieron con las tripas?- preguntó Alvarado.
-Las enterramos, hueón pa’ que no moleste más. Igual la Volaora me molesta siempre -dijo el Tosca, bebiendo junto a los otros tres pescadores. -Las noches de luna llena me va a molestar a la casa, pero yo no le abro, aunque sea muy rica la mina, no le abro, ¡Ella te come el ánimo!
-¿Cómo es eso? –preguntó Luchito.
-Te saca el animo ‘po, se lo come y te empezai a secar, a ponerte enfermo, hasta que te morí y ninguna médica te puede curar. Si te acostai con la Volaora ella te come el ánimo.
-¡Oye Jote! -preguntó el Cholga. –Cuenta, ¿Como fue la noche que vieron el Caleuche, cuando volvió el Viejo y se perdió el Viejo Catrutro?- Al hacer la pregunta, todos quedaron en silencio. Fue un silencio frío, se escuchó el mar y se ordenó los palos del fuego, en lo alto pasaron unos pájaros…-¡Ya ‘po, cuenta lo del Caleuche ‘po! –insistió el Cholga.
-Pucha, esa noche con el Viejo Catrutro fuimos a tirar las redes. Hacía frío y las nubes viajaban rápido en el cielo. El Viejo Catrutro, era un marino intrépido, conocía bien este lado de la isla y sus canales. Pero esa noche se perdió.
-¿Pero que le pasó? ¿El Caleuche lo llevó? –pregunto Luchito.
-Lo que pasó fue, que esa noche con el Viejo Catrutro fuimos a tirar las redes en su lancha…
-¿Y esa noche se perdió el Viejo Catrutro? ¿Entonces esta muerto? –interrumpió el Cholga.
-Sí, esa noche se perdió. Los brujos cambiaron a nuestro Viejo por el Viejo Catrutro.
-¿Pero cómo fue? ¿Tú, viste al Caleuche? –preguntó el Cholga muy asustado.
-Si ‘po hueón. El canal de pronto se llenó de neblina y comenzó a soplar un viento frío, cada ves más fuerte. Pero de pronto se quedó todo tranquilo y vi una luz dentro de la neblina y el Catrutro ya no estaba en la lancha. Escuche música de fiesta y la luz se movía a poca distancia, acercándose. Era el Caleuche, el mismísimo barco de los brujos, el “Barco de Arte” como le llaman ellos. Era súper grande, pero por la neblina no lo podía ver bien. Solo veía una luz que brillaba en la oscuridad, comencé a buscar a Catrutro por babor pero no lo encontré y cuando me di vuelta, el Caleuche estaba en estribor justo al lado de la lancha. Alto, era como si fuera de vidrio, parecía congelado, como si estuviera hecho de hielo y desde arriba me miraba mi viejo, muy asustado. En el momento, se tiró a bordo de la lancha y se quebró una pierna al caer, por eso ya no sale a pescar. En ese rato el Caleuche desapareció sin dejar rastro. La neblina se disipó y comenzó nuevamente a correr ese viento helado, desde esa vez que no habla. –dijo el Jote Alvarado, bebiendo al seco un trago de su licor.
-¿Y que pasó con el Viejo Catrutro? –preguntó el Cholga, mientras todos miraban el fuego.
-No lo vi más, el Viejo Catrutro se perdió. El Caleuche se lo llevó y regresó al Viejo.
-¿Y donde estuvo el Viejo todo ese tiempo? –preguntó el Tosca.
-Estuvo con los Alacalufes. –interrumpió el Cholga. –Ellos me contaron que eran amigos del Viejo. Yo estaba buscando alerces, esa vez que fui a ver a mi familia y estábamos al sur del archipiélago de Los Chonos cerca del Golfo de Penas y me topé con unos Alacalufes que estaban sacando locos. Los identifiqué al tiro porque un Alacalufe viejo y chico que era el jefe, andaba con el macuñ del Viejo, un macuñ que la Mamá Chola le había tejido. Cuando me vio y se dio cuenta que yo andaba con un macuñ parecido, se acercó y me habló en su idioma, me mostró su macuñ y me di cuenta que tenía algo que contarme. Entonces llamó a un Alacalufe más joven que hablaba el idioma Chono y él me contó que el Viejo le había regalado su macuñ al jefe. Que lo habían encontrado hace años moribundo en una playa al sur del Golfo de Penas y lo habían llevado más al sur, donde su tribu para curarlo. Para cuando se sanó, el Viejo le regaló su macuñ al jefe y me contaron que ellos lo llevaron de vuelta hasta el Golfo de Penas y ahí él emprendió el viaje de regreso hasta Chiloé.
-¿Entonces tu viejo estuvo con los Alacalufes y fue el Caleuche que lo trajo de vuelta? –preguntó el Tosca.
-Si.- dijo Alvarado.- ¡Y desde entonces no quiere hablar! –cuando terminó de decir esto, todos se mostraron intranquilos e inquietos, con mucho asombro en sus rostros. Una nueva caña de licor circuló rebosante.
Con el grito de las bandurrias llego la María a la fogata. La mayor de las hijas de Alvarado Viejo y la Chola, era una niña de catorce años y de una sensualidad poco usual para las niñas de su edad.
-Holas.- dijo y se sentó junto al Tosca, que era mucho mayor que ella, y le dio un beso en silencio.
-¿Y como va el curanto? –preguntó Luchito sobandose las manos.
-Esta listo. -dijo la María y se sirvió un resto del vaso del Tosca, acurrucándose y abrasándose a él. Estaba vestida por un macuñ largo y negro, hecho por ella misma, que a su vez lo aprendió de su madre, tenía varios modelos del mismo color, pero con diferentes bordados y motivos de colores. -Dijo la mamá que suban a ayudar a destapar el curanto. –contó, mientras le daba otro beso en la mejilla al Tosca.
-Ya, vamos cabros.- dijo Alvarado y todos se pusieron a poner leña a la fogata para volver a la playa después de la comilona.
Tosca y la María se fueron en dirección de la casa de él, y Luchito revisó las amarras de los botes y de la lancha que estaba a la gira. El Cholga recogió todos los vasos y la chuica y caminaron en dirección de la casa. La huella a modo de sendero, apenas se podía ver en la noche profunda y Alvarado llevaba delante de él una antorcha. A lo lejos, su casa se veía a los pies del cerro, junto a la huerta. Los perros jugaban, amarrados junto a la casa.
Por el otro camino, la Maria iba bien apretada del brazo del Tosca y lo acompañó a buscar un licor de oro que tenía en su despensa. Entraron y él puso leña en el fogón que quedaba en el centro de la pieza que usaba de cocina. La María se fue hacia la penumbra, en la sala que era el dormitorio y se sacó el macuñ. Desnuda se metió en la cama, entre las pieles del Tosca.
-Negro, ven aquí. – le dijo y el Tosca la vio acostada y se quitó la ropa también. Saltando en un pie y luego en el otro, se sacó las botas, mientras la María lo esperaba revolcándose en las pieles con ese calor insoportable entre las piernas.
-¡Mi amor que caliente estas! -dijo el Tosca y se acostó sobre ella entre las pieles de la cama.
-Mira, tócame aquí.- dijo ella y acercó la mano de él entre sus piernas para mostrarle su humedad. Él, sobre ella tomó su mano, poniéndola en su erección vigorosa. Ella se la introdujo, retorciéndose entre las sombras y las pieles.
Alvarado abrió el portón de la huerta que estaba antes de la casa, ésta, apenas se podía ver, entre las altas varas de habas y arvejas. Más allá, junto a los árboles estaba la Chola, sacando las hojas de pangue con que se cubre el curanto. Debajo, humeando las papas y los mariscos, la carne de cerdo jugosa y los milcaos con chicharrones, se cocinaban entre los chapaleles y las longanizas, al calor de las piedras que se colocan al fondo de un agujero en la misma tierra y sobre ella se hace fuego, luego se retiran las brasas y sobre las piedras al rojo vivo, se cocina el curanto. El aroma viajaba por todas partes invitando a disfrutar de aquella deliciosa comida.

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